Dicen en este lado del mundo que las comidas deben contener todo tipo de sabor –yo añadiría: así como la vida misma-.
Sal, que para nosotros es evidente en un alimento más o menos elaborado pero para ellos no lo es. Su sal la añaden con salsas (como de soya, de pescado o de ostión)
Azúcar, que combinan con lo salado de sus comidas. Luego uno los ve poniéndole cucharadas de azúcar a sus noodles o añadiendo anís estrella y albahaca santa (que si tiene un sabor como de hierbas eclesiásticas)
Acidez y no es dada por el limón que al parecer es caro (paradoja tropical pues yo sabía que la tierra de los cítricos es aquí) sino por el vinagre.
Amargura ¿y porqué amargura, te preguntarás? Hermoso y sencillo: porque para nuestros hermanos de ojito rasgado todo aquello que sea amargo es medicina y la medicina es siempre lo mejor para nuestra salud. Ahhhhh… pero qué preciosura la sabiduría del vivir.
Y estos cuatro elementos del alimento son la metáfora perfecta de mis cuatro estados anímicos.
Salados de mar, de arena, de tierra y de sudor. Dulces, de la belleza que me rodea, los olores, olores, sabores, la libertad de saltar al vacío y sentir que cada rincón de la Pachamama es siempre mi hogar. Agrios, cuando veo mi propia oscuridad reflejada en aquellos que me rodean. La suya y la mía al ser inconscientes, al separarnos, al juzgarnos. Amargos, cuando extraño locamente a mi gente y mi tierra, cuando veo de frente mi sombra y me asusta, cuando el miedo y la mente se aferran a no volar.
Pero aquí, en la profundidad del abismo, aquí donde no se ve más, reside la luz. Luz y sombra son una sola y sin una la otra no existe Esta es la amargura de la medicina y su noble labor.
¡Causaipag!