jueves, 28 de abril de 2011

Cuatro elemetos

Dicen en este lado del mundo que las comidas deben contener todo tipo de sabor –yo añadiría: así como la vida misma-.

Sal, que para nosotros es evidente en un alimento más o menos elaborado pero para ellos no lo es. Su sal la añaden con salsas (como de soya, de pescado o de ostión)

Azúcar, que combinan con lo salado de sus comidas. Luego uno los ve poniéndole cucharadas de azúcar a sus noodles o añadiendo anís estrella y albahaca santa (que si tiene un sabor como de hierbas eclesiásticas)

Acidez y no es dada por el limón que al parecer es caro (paradoja tropical pues yo sabía que la tierra de los cítricos es aquí) sino por el vinagre.

Amargura ¿y porqué amargura, te preguntarás? Hermoso y sencillo: porque para nuestros hermanos de ojito rasgado todo aquello que sea amargo es medicina y la medicina es siempre lo mejor para nuestra salud. Ahhhhh… pero qué preciosura la sabiduría del vivir.

Y estos cuatro elementos del alimento son la metáfora perfecta de mis cuatro estados anímicos.

Salados de mar, de arena, de tierra y de sudor. Dulces, de la belleza que me rodea, los olores, olores, sabores, la libertad de saltar al vacío y sentir que cada rincón de la Pachamama es siempre mi hogar. Agrios, cuando veo mi propia oscuridad reflejada en aquellos que me rodean. La suya y la mía al ser inconscientes, al separarnos, al juzgarnos. Amargos, cuando extraño locamente a mi gente y mi tierra, cuando veo de frente mi sombra y me asusta, cuando el miedo y la mente se aferran a no volar.

Pero aquí, en la profundidad del abismo, aquí donde no se ve más, reside la luz. Luz y sombra son una sola y sin una la otra no existe Esta es la amargura de la medicina y su noble labor.

¡Causaipag!

Del mangostán y el incienso pa rezar

Hue es un lugar encantador por muchos aspectos: es una ciudad que no es grande ni caótica (a pesar de la manía que los orientales manifiestan por las motocicletas), está rodeada de monumentos y tumbas hermosas por su estilo achinadooccidental y los pueblos que la rodean retratan –a una distancia corta- el Vietnam rural y campirano.

De camino a explorar una tumba paramos para ver a las mujeres haciendo inciensos a mano. El desplegado de la labor y el color es deslumbrante y hubiéramos permanecido muy muy felices de no ser porque descubrimos que, una vez más, los vietnamitas nos timaron al comprar las susodichas varitas olorosas.

Como mayor recompensa tuvimos un hermoso encuentro a nuestro regreso. Conocimos finalmente algo soñado y anhelado en esta aventura asiática. Les hablo de uno de los reyes de los campos en este pedazo de tierra. Aclamado mundialmente por sus poderes curativos y antioxidantes: el mangostán.

Descubrimos que no sólo es milagroso sino DELICIOSO. Y además de ser delicia al paladar, lo es para el mirar. Cubierto en una gruesa piel morada (que se va haciendo de un tono más intenso hacia su entraña) yace la parte que se come. Es como una bola blanca, dividida en cinco secciones de una textura sublime y jugosa. ¡Oh dios!

Les tendría más detalles botánicos pero mi asesor en esta área (o séase mi chavo) ya duerme plácido mientras yo noctambuleo frente al teclado.

Ya entrados en gastos, ahí les dejo el menú de hoy:

- Dumplings frescos rellenos de –quiero pensar- pasta de frijol.

- Spring rolls frescos (no fritos, la pasta de arroz es blanda ¡mmmmhhh!)

- Noodles fríos con verduras y un aderezo de vinagre

- Camarones con piña

¡Buen provecho!

miércoles, 27 de abril de 2011

Muros de vida

Probablemente este trayecto ha sido uno de los peores que hemos hecho durante el viaje (claro, aún no llegamos a India) La mujer del masaje -muy amable ella- esperó con nosotros el camión que, como salió desde Hanoi con pasajeros, venía repleto. Así, nos fueron cedidos los lugares más incómodos o “la cueva”, como fueron bautizados después de unas 8 horas de viaje.

Resulta que los buses nocturnos en Vietnam también son de camitas y justo nos fuimos en los de hasta atrás y abajo. Generalmente son cómodos –si es que cabes o si no te toca cerca un francés al que le huelen los pies- pero hoy, fue la excepción.

Cruzamos Vietnam central, justo la zona más angosta del territorio, la ex frontera cuando el país se encontraba dividido y un sitio donde se libraron cruentas batallas (al menos así venden el tour) Como si fueran elementos estéticos invaluables, las bombas, tanques y demás artillería adornan las entradas de las casas o los patios.

Después del café mañanero y el shock causado por sentir la guerra así tan real, tan reciente, tan de cerca y tan normal –si es que puede llamársele así- seguimos unas horas más en el bus hasta el destino final: Hue.

Hue es hoy patrimonio de la humanidad y fue una ciudad amurallada y rodeada por un canal de lirios acuáticos y libélulas coloridas. El palacio de la dinastía vietnamita (Nguyen) permanece en pie casi en su totalidad, aunque algunas invasiones y la guerra pulverizaron partes del complejo.

Para mi lo mejor fue la pared interna de la muralla. En lo que antes fueron muros divisores y paredes de miedo es hoy una genial prueba de la degradación de la materia. Hermosa como siempre, se levanta humilde y húmeda la piel de nuestra Madre Tierra. Los pobladores de la ciudad han usado las piedras para sembrar y hoy cultivan ahí sus verduras.

Al atardecer, las lechugas y los ajos se despiden del sol cubiertas del agua con que las bañan. Y la gente que trabaja la tierra se pierde de las miradas entre el verde encendido de los cultivos.

¿Ninh Binh?

Estuve a punto de obviar este lugar. El pueblo no tiene algo significativo -nisiquiera es lindo- pero a las afueras está Tam Coc. Yo lo conocí en temporada de frío y los campos de arroz eran estanques verdosos. Imagino que en temporada de lluvias será hermoso: montañas altísimas, arrozales y ríos. Se puede ir entre estos paisajes en una barquita de bambú.

Es muy turístico y, como en muchas partes de Vietnam, tienes siempre la sensación de que la gente se interesa en ti sólo por el dinero que les puedas dejar. Si no les das lo que ellos asumían justo o correcto hasta se pueden molestar y reclamar.

Es una sensación confusa. Por una parte sabes que los ayudas considerablemente con cualquier propina, por otra, la limosna no necesariamente ayuda de verdad a los que menos tienen.

Vietnam para mi fue un lugar lleno de sentimientos encontrados. Definitivamente no fue mi mejor estado de ánimo y eso me hizo vivir la rudeza de sus habitantes todavía más dura.

Pero créanme, Ninh Binh debe ser precioso cuando está pintado de verde y una vez que el tiempo pasa, las cosas se miran distintas. Hoy… Sí volvería a Vietnam a pesar de todo. Los recuerdos agradables prevalecieron a los que no son tanto.

Y siempre está el lado cálido de las cosas. Mientras esperábamos el camión a Hue, nuestro siguiente destino, la agente de viajes nos daba un masaje para relajarnos y en sus ojos y sonrisa podías leer la pureza de su intención.