miércoles, 9 de noviembre de 2011

Viajar también... con los ojos abiertos

Hay días en los que los juicios hacia todo (hasta a mi, o más bien principalmente a mi) me dominan. En días como esos, donde el parlotear de la mente me vence y me amaga con el viejo inquilino miedo suelo volverme en extremo crítica, desconfiada. Y ahí es cuando se presentan ante mí ideas extremistas como esta: hacer turismo apesta.

Apesta porque te encuentras con pueblos que se han tragado entera la pastillita absurda de que deberían progresar hacia el primer mundo y por ello han dejado de lado sus tradiciones que hoy enfrentan la extinción. Apesta porque encarece los lugares, los vuelve un híbrido occidental con disfraces de starbucks y mcdonalds. Apesta también porque prostituye a la gente y la orilla a buscar empleos en este sector que no necesariamente resultan honrados o respetuosos (hacia sí mismos, claro)

Apesta porque muchas mujeres sufren al vender sus cuerpos; porque los travestis son tremendamente maltratados por aquellos visitantes que sienten que el tercer mundo es depósito de sus frustraciones y apesta porque en este juego agridulce los niños también terminan por enfrentarse al sexo, al trabajo y a la trata… de ellos mismos.

Apesta todavía más porque en este abuso humano embarramos también a la Madre Tierra y para hacer bellos bungalows destruimos los manglares; por visitar lugares remotos llevamos nuestra basura; por juzgar las tradiciones de otros terminamos por cambiar sus formas de vida con la visión parcial de que vendrá el “desarrollo a ayudarles”; por mantener prendido el aire acondicionado día y noche contribuimos al calentamiento global (y no se digan los aviones) y por el poco cuidado y amor con el que nos aproximamos a los arrecifes, al agua, a la comida terminamos por lastimarlos.

Así podría seguir, clavándome en lo negativo, pero es una práctica que procuro abandonar para abrir las ventanas de la luz. Además, ¿qué hacer si nos encanta viajar? Es más, apuesto que al hacerlo ni siquiera tenemos la intención explícita de lastimar algo. Solamente sucede que estamos dormidos.

No tengo una receta. Lo que sí se es que entre más conscientes seamos con cada uno de los pasos que damos, más compartiremos en el respeto y no en la imposición. De los temas delictivos como el abuso y tráfico a menores, mujeres, travestis y demás no puedo ni opinar. Pero en los detalles pequeños, que a su vez hacen inmensas diferencias y que son fáciles de realizar por todos, sí.

1- ¡Llévate tu basura! Si vas a una isla, montaña, desierto, no les introduzcas nada que no era originalmente de ahí.

2- (Esta es para mi) No te lleves las conchitas, arena ni nada que se le parezca. Además de ser mal Feng Shui asegún los chinos también te desmadras al ecosistema.

3- Los corales no fueron hechos para ser acariciados, tocados y menos pisoteados.

4- Deja de juzgar. No porque la gente viva distinto a como tu vives “necesita ayuda” o “es pobre” o “hay que traerle un shopping mall porque pobrecitos”

5- Respeta las tradiciones, festividades, costumbres. Ni al caso estar topless en la playa de un país musulmán, por ejemplo.

6- Minimiza tus consumos incluidas las botellas de agua o los cigarros.

7- El Shopping… pues ojala pueda ser directamente con la gente local para ser lo más justos posibles y beneficiar de verdad a las familias del lugar.

8- Insertar el dinero como “soborno” es pésima idea.

9- Abusar de quien sea, primero de ti mismo… creo que no (en esta hay que chambearle toditos)

10-Analiza los lugares donde te vas a quedar o las agencias que contratarás para hacer un tour (¿Benefician a la gente local en verdad? ¿O los usan como atractivos turísticos? ¿Qué tan responsables son con sus desechos, con la energía que gastan?)

11-Fíjate también en dónde construyeron el lugar (si tiene campo de golf, perdón a los que practican dicho deporte, ya de entrada no es muy amigable con el entorno y menos en zonas donde el agua escasea) y cómo se relacionan con el entorno

12-Si puedes caminar, usar bicicleta y viajar por tierra en vez de avión. ¡Mejor!

13-Evita visitar lugares que quizás suenen irresistibles y una experiencia única pero que con ello se deteriora el entorno.

14-“Montar” o “bañar” o “alimentar” animales que deberían estar libres (aunque también sea irresistible) perjudica a estas especies y obstaculiza su relación natural con el hábitat al que pertenecen.

15-Si vas a hacer voluntariado, fíjate bien en la institución. Algunos lugares usan la pobreza, las enfermedades o la orfandad de los niños para lucrar.

O sea, no es que estas sean LAS reglas que debes seguir o que yo sea la Giovannita del viaje, sólo creo que quiere compartirles lo que yo he visto y lo que a mi parecer, es importante ver. Siento que entre más presente estás en los sitios que visitas, más te das cuenta de qué la hace daño a los lugares y a su gente.

Entre más dejemos de estar ciegos y dejemos de pasar corriendo sin observar y sentir cada lugar que visitamos, más lo entenderemos y respetaremos. De lo contrario, probablemente le hagamos más daño al visitarlo que al quedarnos en casa.

Pues aún cuando el beneficio del turismo sea económico, no podemos quedarnos sólo con eso. Hay muchos otros sectores importantes que cuidar, sobre todo los que están vivos como la gente, la tierra y las tradiciones.

Con la intención de que a alguien le pueda interesar y la haga reflexionar. ¡Felices viajes! –de todo tipo-

Battam¡bang!

De Battambang me gustó desde el nombre. Sabe Dios qué signifique, pero me gusta cómo suena y sin tener razón aparente, simplemente entró a mi corazón ¿será por ese espíritu que tiene? ¿el mismo que se te cuela desde antes de poner los pies sobre su tierra?

Total que, aunque hay pocas cosas -no es que sea una ciudad pintoresca aunque tampoco es fea- tiene lo suficiente para acomodar varios días al que la visite: un restaurante súper rico y excelentes hoteles (después de vagar por otros tantos lugares del Sureste asiático, Battambang compite por uno de los mejores sitios de alojamiento)

Hay templos dentro y fuera de esta gran ciudad -la segunda más extensa después de la capital- donde puedes caminar y charlar con los monjes o simplemente sentarte a respirar el día a día de esta gente y sus tradiciones; hay algunas ruinas Khmer en los alrededores y algunas curiosas atracciones que no pretenden mucho y que, quizás por ello, son encantadoras por su belleza sencilla.

Una de estas es el tren de bambú. Es más bien un carrito (hecho, claro, del carrizo) que viaja por algunas vías de tren con su pequeño motor y te transporta entre aldeas, lagos y sembradíos de arroz. Pequeño, simple y hermoso.

A las afueras se abren paso los estanques de lotos y algunos campos de arroz. Se pintaban de un verde brillante, lleno de vida; un verde de esos que cosquillean en la pupila.

Esta región es conocida en todo el país por ser la productora de los mejores cocos, el mejor arroz y la gente más talentosa en las artes. Battambang es para relajarse, tomarte tu tiempo y descansar en una ciudad con olor a pueblo.

jueves, 18 de agosto de 2011

¡Quédate un día más!

Esta es la campaña que ha lanzado el gobierno, con ella intenta incentivar al turismo para quedarse más tiempo en el país ¿Has oído hablar de los templos de Angkor? Bueno, pues otros millones de personas como tú, también. Esto genera que la derrama económica sólo se concentre en los templos y su ciudad cercana, Siem Reap.

Camboya ha sufrido de muchas situaciones difíciles. Muy difíciles. Y ello la ha dejado devastada.

En 1975 el Khmer Rojo tomó el control del país. Camboya estaba bajo una dictadura militar que culminó este día con la entrada de la agrupación. El discurso era fundar una democracia (¿dónde he oído esa historietita?)

Bajo la apariencia de una República Popular con ideales maoístas se consolidó en la práctica un sistema de gobierno totalitario, radical y agrario. Se evacuaron ciudades y se destruyeron las culturas urbanas –consideradas burguesas-. Se pretendió reconstruir desde los orígenes y recuperar la cultura Khmer ancestral.

El pequeñísimo problema es que esta “limpia” terminó con la vida de unas dos millones de personas (cifra “oficial”) reduciendo a la población considerablemente. Cualquiera con nexos en el extranjero, moría. Cualquiera que supiera algo más de lo que debía saber un campesino, moría. Cualquiera que leyera o escribiera, moría.

Hubo campos de concentración, cárceles. Los que no murieron ejecutados o torturados, murieron de hambre. El Khmer Rojo mató además a elefantes, delfines, árboles. Bueno, devastó hasta templos antiguos. Sembró minas en las tierras fronterizas para evitar que la gente se escapara a los países vecinos (muchas de ellas siguen hoy bajo tierra)

Los que lograron huir vivieron en campos de refugiados (con todo lo que eso significa) ¿Y la monarquía? ¡Ah! Ellos vivían tranquilos en su mansión de Europa.

El supuesto ideal terminó en pesadilla. En 1979, los vietnamitas entraron a Camboya y derrotaron al Khmer Rojo. Hoy, las cárceles y campos son atractivos turísticos.

Sólo duró cuatro años, pero duele hasta el día de hoy, treinta años después. “no ha terminado”, nos dijo Robert al tocar el tema.

Entre la devastación de gente, cultura, industria, flora y fauna, Camboya se vuelve el hogar de gente hermosa, inocente, esperanzada y ya sin miedo. Pero un destino sin mucho que ofrecer (excepto, claro, los maravillosos Templos de Angkor)

Países como China han aprovechado la extrema necesidad de esta nación y de manera legal (o no) extraen de Camboya toneladas y toneladas de madera. Cuando lees en los periódicos que un número equis de hectáreas se pierde anualmente a causa de la tala inmoderada jamás te imaginas cómo se ve. Camboya te lo deja ver.

Por eso el gobierno de hoy hace tanto hincapié en que te quedes un poco más. Nosotros lo hicimos, quisimos descubrir a esta gente, su cultura, su vida y no hallamos mucho.

Queda poco, al menos, así nos tocó a nosotros. Pero siempre hay un lugar escondido y mágico que vale todo el polvoriento camino por recorrer.

http://www.stayanotherdaycambodia.com/

Las tardes húmedas son de color naranja


El agua lo envuelve todo, se escurre por los pisos de los jardines y pinta sobre ellos el destello del cielo algodonado. Los templos y palacios se buscan también entre los reflejos.

El ambiente se siente vaporoso. La humedad sube por el cuerpo y se pega al espíritu. El aire es igualmente de agua, de agua dulce.

Al caer el día, los colores gotean entre el cielo y las nubes. Los últimos rayos se abrazan de los monjes y sus túnicas. El tiempo se despide de este lado del mundo.

Allá se ven; caminan despacio, juntos, envueltos en su piel color de Sol. Se les mira entre el verde mojado de un jardín, un grupo de niños que corre y los jóvenes que bailan al ritmo de sonidos electrónicos (son sus ejercicios cotidianos, dicen)

La noche se apropia de Phnom Penh. La capital de un país que recién se levanta de un pasado doloroso y destructivo. La gran sobreviviente del inmenso dolor que sólo podemos crear nosotros, los seres humanos.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Especias y especies especiales

Copiaré la manera en como mis amigos Lindsey y Teo (dos neoyorquinos aficionados a la comida) se refirieron a la pimienta: “los americanos la vemos ahí, aburrida y abandonada, sentada junto al salero de nuestras mesas” ¿Y cómo refutar tan absoluta y precisa aseveración?

Hace algunos siglos, cuando las especias realmente venían desde el oriente y los navíos cruzaban las aguas para buscarlas, un grano de pimienta podía pagar un día de hospedaje en algún cuarto londinense. Las plantas han movido al mundo, a la gente, a las civilizaciones (aquí yo agregaría: ¡ahaaaaaaaaaá!)

Hoy, por supuesto, nuestra desconexión con la importancia de las especias es casi total. Muchas veces nuestra conexión con ellas mismas es mínima -o nula-. No pasa de ir al Walmart a comprar un frasco plástico de pimienta molida McCormick o si te fue bien, tener tus granos secos y el molinito para triturarlos en tu plato.

En Camboya, específicamente en Kampot, existe una especie de pimienta tan diferente que tiene denominación de origen. Se cultiva en esta región al sur del país, cerca de la costa. Por años se ha exportado y se ha servido en las mesas más exquisitas; los camboyanos la valoran y aprecian como un tesoro.

La forma más deliciosa y especial para comerla es fresca. Los granos aún verdes se fríen ligeramente junto a la carne y vegetales; se sirven aún tiernos, sin cocerlos en exceso. El sabor es una explosión picante –pero no tanto- y totalmente nueva.

Llegamos a casa de Robert, un Australiano casado con una Khmer (gentilicio de los nacidos en Camboya; así le llaman también a su raza, a su imperio y a su idioma)

El ritual del casamiento es mucho más elaborado que el típico blanco por la iglesia que tanto conocemos en Occidente. Además de ir MUY ataviados y con vestimentas MUY coloridas, el novio acostumbra a pedirle permiso a los padres frente a la concurrencia y llevar ofrendas para halagarlos (por cierto, en las fotos la mamá de ella no se veía nada halagada)

Entre los novios y los padres sostienen los anillos para simbolizar la alianza de las familias y celebran durante tres días. Los velorios, en cambio, duran siete días.

La sociedad Khmer es muy conservadora y como casi en todas partes de Asia (quizás con la excepción de Tailandia) las mujeres visten modestamente. Cubren casi todo su cuerpo, los hombros son especialmente un tabú, así como los pies. Los besos en público, tocar a un monje (sobre todo si eres mujer), tocarle la cabeza a alguien, usar la mano izquierda y apuntar a alguien con los pies son un rotundo NO.

Aquí la influencia china es menor. Los Khmer no son tan parecidos a los vecinos de la raza amarilla, su piel es más oscura –aunque a muchos no les guste la idea- y no usan palitos para comer.

Camboya recuerda a esos lugares que tenemos mucho en México. Donde hay una pobreza absoluta, de esa que duele en el alma y de pronto, frente a una zona marginada, se levanta una boutique Prada o la mansión de un millonario europeo (que sólo podría costear ese nivel de vida en un país como éste, claro) Ni qué agregar…

lunes, 8 de agosto de 2011

Ya en Camboya

Entramos a Camboya. De Ho Chi Minh a Phnom Penh es muy sencillo y barato. La mayor recomendación es entrar por el delta del Mekong y navegarlo hasta Phnom Phen pero… nosotros no lo hicimos.

La primera regla que aprendimos en este pequeño trayecto es no hacer tanto caso a las habladurías de los viajeros. Siempre hay muchas versiones de los cruces, los buses, las fronteras y aquí, a nosotros nos estafaron con 20 dólares por entrar vía Phnom Phen y no atrevernos a ir por el Mekong (simplemente hay que cruzar la frontera y estampar el pasaporte a la llegada)

Hoy, ya hay e-visa para mexicanos (el trámite pagado y hecho previamente por Internet) ¡Justo lo sacaron unos meses después de que cruzamos nosotros! En fin… Mi recomendación es, si no la tramitaste por Internet antes, cruza tranquilamente sin pagarle a nadie algún tipo de anticipación y listo. Cualquier guía te orienta bien con esto.

La segunda –gran- regla en el sureste asiático es no ser tan inocente e intentar hacer las cosas por uno mismo (sin “ayudas” con módicos cobros) Si quieres ir con más comodidad, decidir por este camino pero saber que pagarás un precio por ello.

Todo está en http://www.sre.gob.mx/

lunes, 4 de julio de 2011

La gran ciudad de Vietnam del Sur

Saigón es una de las ciudades vietnamitas con más historia, no sólo historia oriental sino también del occidente. Aquí cantan su tragedia los amantes de Miss Saigón (obra basada en la ópera Madame Butterfly de G. Puccini) y aquí se libró la última batalla ganada por Vietnam del Norte en la guerra contra Estados Unidos.

Es en Saigón donde los museos guardan los tesoros de sus dinastías y la delicada porcelana que honra su tradición. Es en Saigón donde el actual (y extraño) comunismo alza la estatua del héroe nacional Ho Chi Minh frente a los escaparates de Prada, Cartier o Bvlgari.

Saigón es el mejor reflejo de este régimen imperante: después de haber sido la ciudad favorita de los norteamericanos ha sido reestructurada hasta en el nombre, reubicándola en la geografía nacional como la ciudad de Ho Chi Minh. Vietnam le dice el mundo qué ideología venció.

Pero la ciudad en sí tiene poco que ofrecer al turismo. Es en realidad un cúmulo de tienditas fashion, ríos de motocicletas y cables de luz enredados en los postes. Aunque hay hoteles para los visitantes más exclusivos el área de backpackers es una típica calle de cuartos amontonados entre souvenirs y restaurantes.

Lo más interesante son las galerías de arte y las tiendas locales que están en la zona de los hoteles caros. Eso sí, la comida es deliciosa - y en cada esquina o puestito más-

Lo mejor de Vietnam es sin lugar a dudas su comida.

¡Cam On Viet Nam! (“Gracias Vietnam”)

sábado, 11 de junio de 2011

Verdores

En Dalat hay muchas plantas. Está lleno de invernaderos para producción de flores o de frutos, para consumo humano; pero de todas ellas yo encontré tres que se usan también para curar.

--Té (Oolong y Jazmín) Es té verde, mundialmente conocido por su alto contenido en antioxidantes. Del té verde se ha escrito y estudiado ya mucho, puedo resaltar sus propiedades diuréticas e incluso anticancerígenas. Hay quienes lo recomiendan para disminuir el colesterol y los triglicéridos o para favorecer la circulación. También dicen que es desinflamatorio.

Aquí se producen dos tipos de té: jazmín, que es una mezcla de estas flores con la planta y al que se le atribuyen propiedades calmantes o relajantes. Y oolong, que es una fermentación de la planta del té. Al suceder este fenómeno, el aroma, sabor y color cambian. Por consecuencia también sus efectos.

El té Oolong desintoxica y depura, se sabe bueno para los riñones. Ayuda a digerir grasas animales y protege los dientes por su contenido de flúor. Aporta minerales como el calcio, magnesio, hierro y fósforo.

No les doy alguna información novedosa pero comprarlo en esta región es garantía de frescura y de beneficio directo a los productores locales. Además, las vistas de los campos son para dejar sin aliento a todo el que las descubra a lo lejos si quiera.

-- Alcachofas secas. Las venden por todas partes. No se ven muy apetecibles pero tantas y tantas sólo hacen pensar que algo muy bueno deben provocar. Sirven para aliviar problemas hepáticos. Hay que hacer una infusión con ellas y beber el líquido (amargo, dicen) que suelta.

La tercera no es propiamente un elemento del reino vegetal, pero es curativa y por ello se merece la inclusión en este apartado –además con tan aventurada procedencia al menos yo, no me atrevo a descartarla-

-- Serpientes en alcohol. Ves a la víbora ahí completita metida en un frasco de alcohol (hay modelos que incluyen arañas tipo king size). Es bastante impresionante y hasta asqueroso. No es bonito, pues. Pero si algo saben los chinos es curar, así que esta tradición antigua y actual nos dice que… sí… hay que beber este líquido en muy pequeñas cantidades para curar los dolores de espalda.

¡Uf! Pasos amargos, para sanar. ¡Salud!

domingo, 5 de junio de 2011

Corazón de flor

Es el centro de su tierra. Un centro abrazado por montañas.

Son los suelos altos de Vietnam. Donde se esconden grupos indígenas y cientos de cultivos. De aquí vienen las flores, las fresas y el café que luego dan la vuelta al sureste asiático. La ciudad más fácil de acceder para luego explorar se llama Dalat. Y las expediciones van desde visitar las fábricas de seda, hasta adentrarse en las comunidades indígenas (para estas últimas hay que considerar viajes de hasta tres días)

Desde aquí, algo de lo más hermoso que tiene Vietnam, crece y se extiende hacia otros lugares: me refiero a sus flores. Aquí también vi de frente las dos caras de Vietnam. Esa ambivalencia dura con que se presenta ante los recién llegados.

Ambas emociones me llegaron a través de mujeres.

Una quería golpearme por lo que consideró un abuso de nuestra parte en su hostal (nosotros lo vivimos totalmente diferente, claro y lo valoramos como un abuso de su parte a nosotros, los clientes) La otra se acercó a darme unas flores así, nada más por la alegría que genera el dar.

Vietnam, lugar de luz y de sombra. A veces tan juntas, tan entrelazadas, que se vuelve difícil encontrar lo luminoso entre la oscuridad -y viceversa-. Así es ella, Vietnam es como una mujer: hermosa, fresca, clara y también profunda, nebulosa y dura.

Esta tierra que muestra sus dos caras, labra a su gente como se labra a ella misma. Para unos es verde, noble, floreciente y para otros es osca, agresiva, indomable. Vietnam es mujer y su corazón, a pesar de todos los abusos, sigue abierto hacia el Sol.

miércoles, 1 de junio de 2011

La mirada de las proas

Me engancho fuerte con las guerras. Me dan una roña…

Pero mientras yo lidio con esa sensación, los vietnamitas parecen hoy tomarlo con bastante soltura, casi con una familiaridad mórbida.

Después de vencer a los norteamericanos hace no mucho, hoy la guerra es hasta un atractivo turístico. Y es que puedes visitar cementerios, túneles de escape y combate, comprar utensilios que usaban los soldados o incluso visitar la aldea donde fue arrojado el conocido NAPALM.

Nosotros obviamos (por lo menos intencionalmente) tan interesantes atracciones pero mientras pedaleábamos durante un recorrido en bicicleta por la campiña vietnamita encontramos otro regalito bélico.

Las casas tradicionales se conservan como en la antigüedad. En este lado del mundo los abuelos son honrados día con día. Cada casa tiene tres puertas: una para las mujeres, otra para los hombres y la tercera, para los ancestros.

Frente a esta puerta está una mesa (que nunca se usa para comer, para "echar la chorcha" o para un buen juego de naipes) Esta mesa es para sentarse con los abuelos de la casa, encender un incienso y tomar decisiones bajo el cobijo de sus espíritus familiares. Después de la mesa viene el altar, con fotos, veladoras y flores.

Desde este lugar eleven sus charlas –a través del humo del incienso- para que sean escuchadas y así sean guiados a tomar la mejor decisión; la más conveniente para la familia. La familia lo es todo. Trabajan juntos, comen, duermen, viven siempre en el mismo espacio y la privacidad carece de existencia.

Y aquí reside esa cercanía con la guerra que me llama tanto la atención. El florero del altar, un objeto metálico y ovalado fue el casco de una bomba que detonó en las cercanías. Lo han transformado en una ofrenda. Al menos, es una linda forma de transmutar la energía del conflicto en gratitud a la vida y a los muertos.

Hoy An es quizás la ciudad más hermosa de Viet Nam. Faifo le llamaban los occidentales que la conquistaron hace tiempo. Entre sus paredes antiguas se esconden calles empedradas, linternas coloridas que se encienden de noche, un hermoso río y barcas de madera.

Tiempo atrás la gente aún vivía en estas naves. Desde que el gobierno les cedió un espacio cambiaron el ritmo de las olas por la fragancia de la tierra. Sin embargo, siguen siempre cerca del mar.

Dicen que por esta razón los barcos tienen pintados dos ojos en la proa, porque son como miembros de la familia; aunque otros aseguran que esta tierna mirada es para siempre recordarles el camino de vuelta a casa.

Cada luna llena el pueblo entero celebra a la Abuela que brilla en su apogeo. Los niños venden velas flotantes y entre todos los asistentes las liberan sobre el río con destino al mar. Así la saludan, con un caudal luminoso y destellante.

jueves, 28 de abril de 2011

Cuatro elemetos

Dicen en este lado del mundo que las comidas deben contener todo tipo de sabor –yo añadiría: así como la vida misma-.

Sal, que para nosotros es evidente en un alimento más o menos elaborado pero para ellos no lo es. Su sal la añaden con salsas (como de soya, de pescado o de ostión)

Azúcar, que combinan con lo salado de sus comidas. Luego uno los ve poniéndole cucharadas de azúcar a sus noodles o añadiendo anís estrella y albahaca santa (que si tiene un sabor como de hierbas eclesiásticas)

Acidez y no es dada por el limón que al parecer es caro (paradoja tropical pues yo sabía que la tierra de los cítricos es aquí) sino por el vinagre.

Amargura ¿y porqué amargura, te preguntarás? Hermoso y sencillo: porque para nuestros hermanos de ojito rasgado todo aquello que sea amargo es medicina y la medicina es siempre lo mejor para nuestra salud. Ahhhhh… pero qué preciosura la sabiduría del vivir.

Y estos cuatro elementos del alimento son la metáfora perfecta de mis cuatro estados anímicos.

Salados de mar, de arena, de tierra y de sudor. Dulces, de la belleza que me rodea, los olores, olores, sabores, la libertad de saltar al vacío y sentir que cada rincón de la Pachamama es siempre mi hogar. Agrios, cuando veo mi propia oscuridad reflejada en aquellos que me rodean. La suya y la mía al ser inconscientes, al separarnos, al juzgarnos. Amargos, cuando extraño locamente a mi gente y mi tierra, cuando veo de frente mi sombra y me asusta, cuando el miedo y la mente se aferran a no volar.

Pero aquí, en la profundidad del abismo, aquí donde no se ve más, reside la luz. Luz y sombra son una sola y sin una la otra no existe Esta es la amargura de la medicina y su noble labor.

¡Causaipag!

Del mangostán y el incienso pa rezar

Hue es un lugar encantador por muchos aspectos: es una ciudad que no es grande ni caótica (a pesar de la manía que los orientales manifiestan por las motocicletas), está rodeada de monumentos y tumbas hermosas por su estilo achinadooccidental y los pueblos que la rodean retratan –a una distancia corta- el Vietnam rural y campirano.

De camino a explorar una tumba paramos para ver a las mujeres haciendo inciensos a mano. El desplegado de la labor y el color es deslumbrante y hubiéramos permanecido muy muy felices de no ser porque descubrimos que, una vez más, los vietnamitas nos timaron al comprar las susodichas varitas olorosas.

Como mayor recompensa tuvimos un hermoso encuentro a nuestro regreso. Conocimos finalmente algo soñado y anhelado en esta aventura asiática. Les hablo de uno de los reyes de los campos en este pedazo de tierra. Aclamado mundialmente por sus poderes curativos y antioxidantes: el mangostán.

Descubrimos que no sólo es milagroso sino DELICIOSO. Y además de ser delicia al paladar, lo es para el mirar. Cubierto en una gruesa piel morada (que se va haciendo de un tono más intenso hacia su entraña) yace la parte que se come. Es como una bola blanca, dividida en cinco secciones de una textura sublime y jugosa. ¡Oh dios!

Les tendría más detalles botánicos pero mi asesor en esta área (o séase mi chavo) ya duerme plácido mientras yo noctambuleo frente al teclado.

Ya entrados en gastos, ahí les dejo el menú de hoy:

- Dumplings frescos rellenos de –quiero pensar- pasta de frijol.

- Spring rolls frescos (no fritos, la pasta de arroz es blanda ¡mmmmhhh!)

- Noodles fríos con verduras y un aderezo de vinagre

- Camarones con piña

¡Buen provecho!

miércoles, 27 de abril de 2011

Muros de vida

Probablemente este trayecto ha sido uno de los peores que hemos hecho durante el viaje (claro, aún no llegamos a India) La mujer del masaje -muy amable ella- esperó con nosotros el camión que, como salió desde Hanoi con pasajeros, venía repleto. Así, nos fueron cedidos los lugares más incómodos o “la cueva”, como fueron bautizados después de unas 8 horas de viaje.

Resulta que los buses nocturnos en Vietnam también son de camitas y justo nos fuimos en los de hasta atrás y abajo. Generalmente son cómodos –si es que cabes o si no te toca cerca un francés al que le huelen los pies- pero hoy, fue la excepción.

Cruzamos Vietnam central, justo la zona más angosta del territorio, la ex frontera cuando el país se encontraba dividido y un sitio donde se libraron cruentas batallas (al menos así venden el tour) Como si fueran elementos estéticos invaluables, las bombas, tanques y demás artillería adornan las entradas de las casas o los patios.

Después del café mañanero y el shock causado por sentir la guerra así tan real, tan reciente, tan de cerca y tan normal –si es que puede llamársele así- seguimos unas horas más en el bus hasta el destino final: Hue.

Hue es hoy patrimonio de la humanidad y fue una ciudad amurallada y rodeada por un canal de lirios acuáticos y libélulas coloridas. El palacio de la dinastía vietnamita (Nguyen) permanece en pie casi en su totalidad, aunque algunas invasiones y la guerra pulverizaron partes del complejo.

Para mi lo mejor fue la pared interna de la muralla. En lo que antes fueron muros divisores y paredes de miedo es hoy una genial prueba de la degradación de la materia. Hermosa como siempre, se levanta humilde y húmeda la piel de nuestra Madre Tierra. Los pobladores de la ciudad han usado las piedras para sembrar y hoy cultivan ahí sus verduras.

Al atardecer, las lechugas y los ajos se despiden del sol cubiertas del agua con que las bañan. Y la gente que trabaja la tierra se pierde de las miradas entre el verde encendido de los cultivos.

¿Ninh Binh?

Estuve a punto de obviar este lugar. El pueblo no tiene algo significativo -nisiquiera es lindo- pero a las afueras está Tam Coc. Yo lo conocí en temporada de frío y los campos de arroz eran estanques verdosos. Imagino que en temporada de lluvias será hermoso: montañas altísimas, arrozales y ríos. Se puede ir entre estos paisajes en una barquita de bambú.

Es muy turístico y, como en muchas partes de Vietnam, tienes siempre la sensación de que la gente se interesa en ti sólo por el dinero que les puedas dejar. Si no les das lo que ellos asumían justo o correcto hasta se pueden molestar y reclamar.

Es una sensación confusa. Por una parte sabes que los ayudas considerablemente con cualquier propina, por otra, la limosna no necesariamente ayuda de verdad a los que menos tienen.

Vietnam para mi fue un lugar lleno de sentimientos encontrados. Definitivamente no fue mi mejor estado de ánimo y eso me hizo vivir la rudeza de sus habitantes todavía más dura.

Pero créanme, Ninh Binh debe ser precioso cuando está pintado de verde y una vez que el tiempo pasa, las cosas se miran distintas. Hoy… Sí volvería a Vietnam a pesar de todo. Los recuerdos agradables prevalecieron a los que no son tanto.

Y siempre está el lado cálido de las cosas. Mientras esperábamos el camión a Hue, nuestro siguiente destino, la agente de viajes nos daba un masaje para relajarnos y en sus ojos y sonrisa podías leer la pureza de su intención.

sábado, 12 de marzo de 2011

Oda al Pho

Parece una sopa, una sopa de pollo con fideos. La acompañan algunas especias y cilantro picado. Sin embargo, es mucho más que eso. Pho es el nombre que usan los vietnamitas para un platillo que se extiende por todo su territorio, que acaricia el cuerpo y el corazón y que esconde mil sabores.

Se pronuncia fá (o más o menos, pues no existe en nuestro idioma el sonido exacto) y es un caldo con noodles (fideos de arroz) Puede llevar pollo, cerdo o res y normalmente los pedazos de carne aparecen flotando dentro del plato. Entre más fresa sea el lugar donde lo comas, la carne viene más limpia –o sea sin nervios, pellejos o pedazos de huesos- pero también el platillo es más caro y muchas veces la calidad se sacrifica.

Lo maravilloso del Pho es que está a todas horas en todas partes. Que su alma es callejera y comerlo así es la experiencia más deliciosa.

Lleva cebolla y cilantro picados, hoja de limón kaffir y hasta un toque de anís. Para acompañarlo hay un plato extra que contiene una gran variedad de hierbas: menta, lechuga, espinaca y otras muchas que desconozco.

A medida que vas comiendo la sopa, acompañas con las hojas frescas tus bocados. El sabor aromático del caldo se une a la textura fresca de los vegetales y los sabores fuertes de estos aderezan el plato mucho más.

El Pho es de verdad el alimento más noble de esta tierra. Llega a todas las edades y todas la naciones, es bueno con todos los bolsillos, es una comida completa, nutritiva, ligera y el sabor es incomparable (junto a todos los demás noodles del sureste asiático)

No en vano hay hasta souvenirs que le hacen honor al decirle: “Te amo Pho”

El dragón que desciende

La bahía de Ha Long se halla plagada de rocas. Rocas que sobresalen del mar, islas y barcos con velas.

Hay pueblos flotantes e incluso flota también un templo y una escuela. La gente aquí vive directamente del océano, venden lo que producen sus granjas acuáticas: algas, perlas o peces.

Este archipiélago es parte de una reserva de la biósfera pues aquí se encuentra una gran cantidad de plantas y animales. En general se ven pocos animales, quizás sea por la guerra o porque, como dijo un amigo, “aquí se comen todo”, lo cierto es que en estas islas tuvimos la fortuna de ver volar varias águilas.

Según la leyenda el dragón bajó hasta aquí para esconderse, pero se alcanza a ver su espalda y por ello las rocas se asoman de esa manera. Cuentan también que las libélulas fueron los seres enviados por los dioses como regalo a los lugareños.

Y entre las rocas, cavernas o riscos la gente navega en sus barquitas tejidas con bambú. Algunas tienen vela, otras se mueven a fuerza de los remos. En esta agua todos flotan… ya sea para transportarse, para hacer excursiones y hasta para vivir.

El agua sigue siendo la madre, la que lo envuelve todo, la mayor fuerza y el mejor alimento, la vida. Así son sus días, siempre entre el agua, sobre ella, dentro de ella. Ríos, cascadas, mares, lluvia; el agua siempre en la siembra, en la pesca y en la cosecha.

viernes, 11 de marzo de 2011

Desde las alturas

Al continuar el camino subimos y subimos más, casi hasta las nubes. La bruma lo envolvía todo y las terrazas de arroz eran casi imperceptibles, si acaso podían adivinarse por las siluetas que se asomaban.

Este mágico lugar es Sa Pa, al norte de Vietnam, es un pueblo de mucha afluencia turística pues guarda grandes tesoros. Uno de ellos es el Fan Si Pan, la montaña más alta del país, con 3,143 metros de altura. La sierra es muy marcada, la moldean sus cascadas y sus acantilados. En estas laderas viven los indígenas.

Hmong (negro o flor) o Dzao son algunos de ellos, quienes lucen sus coloridos textiles, sombreros y joyas. Cada domingo, cientos de turistas vienen a su gran mercado de artesanías. Basta poner atención a sus dedos para descubrir el color azul que los tiñe, es índigo, una pintura natural que usan en sus hilos.

Las mujeres hacen las ropas y bolsas; los hombres fabrican brazaletes, collares, aretes de plata y las cestas con que acarrean de todo, desde leña hasta verduras. Además ofrecen baños medicinales que son dentro de una tina con agua caliente y plantas de la región.

Otro uso que dan a sus plantas son las infusiones con las que lavan su cabello, las mujeres Tay secan plantas para luego hervirlas, con esto se limpian y perfuman al bañarse. Solo en esta región de Vietnam, existen 24 diferentes grupos étnicos con sus dialectos y tradiciones propias.

Todas la familias acuden al campo en temporada de siembra. Después de haber germinado, transplantan los arroces en las terrazas inundadas: se ven niños y abuelos, todos en la labor. Los llevan por racimos y así van pintando de verde esmeralda los montes, con ellos vienen los búfalos de agua.

La construcción de las terrazas es a mano, con técnicas ancestrales que han viajado desde China. Deben estar perfectamente horizontales y siempre con la misma disponibilidad de agua en cada nivel.

Se casan muy jóvenes, a los 28 años quizás ya tengan unos cinco hijos. Según la tradición, al menos uno de ellos debe ser hombre pues es el que cuidará de los padres hasta que mueran. Aún cuando se case, siempre vivirá y proveerá la casa materna. No así las mujeres, que cuando se casan emigran al pueblo del esposo.

Por esta razón, cada embarazo guarda la esperanza de un niño. Si no se logra después de varias veces, el hombre tiene el derecho de casarse con otra mujer y llevarla a vivir a la misma casa. Cuando le pregunté a una chica Hmong que si ellas aceptaban este trato me dijo que poco podían opinar, pues era su culpa el no haberle dado al marido el hijo que deseaba.

Si en este segundo matrimonio tampoco logra conseguirlo, entonces se pasa la responsabilidad al marido y ambas esposas pueden volver a casarse para entonces encontrar a otro que “si sirva”.

Por supuesto, no pude más que sentir asombro sobre estas ideas y mientras mi cabeza elaboraba juicios de lo “diferente” que son nuestras costumbres, otra voz me dijo que somos más bien muy similares. También en México hay creencias así. También nosotros tenemos una cultura que muestra poco a precio a la figura femenina.

Además de su venta de artesanías, estos grupos viven de la agricultura. El cardamomo representa un buen ingreso familiar. De nuevo, la familia es el sustento de su sociedad. La organización tradicional de los Hmong reposa en su clan, es una unidad económica, política y ritual. Bajo un mismo techo, pueden vivir hasta cuatro generaciones.

La misma chica Hmong nos contó sobre su vida diaria, mientras compartíamos un té al lado del fuego. Afuera la temperatura estaba a 5 grados centígrados y la humedad ascendía al 97%. “Nuestro chamán puede ser hombre o mujer y hay en cada pueblo. Él puede encontrar en las montañas las plantas que curan, los que no saben de ellas simplemente no las ven”

El curandero prende el fuego, canta, toca el tambor y danza para sanar. También en esto nos parecemos a ellos… él cura a los enfermos, asiste los partos y ayuda a sacar los malos espíritus de los cuerpos. Todo esto, es siempre frente al altar.

Como la mayoría de las etnias del Sureste Asiático, los Hmong practican en su mayoría el animismo y honran a los espíritus de la naturaleza. Los vietnamitas en cambio, como pueblo no indígena, honran a sus ancestros, ofrendan sus deseos y piden consejo en sus decisiones.

En unos y en otros, cada paso que dan lo vigilan los árboles o los abuelos.

Arrozales y montañas

En tren llegamos a Lao Cai, al norte de Hanoi, de ahí una pequeña van nos llevó a Bac Ha un pueblo de pocos habitantes y muchas etnias que bajan hasta él para comprar sus víveres. La más predominante es la Hmong Flor, que hace honor a su nombre al portar uno de los trajes más vívidos de la región.

El pueblo permanecía dormido pero desde él se miraban las montañas y las terrazas de arroz que delinean sus laderas. Los niños iban a la escuela y jugaban con el lodo y las plantas; otros más vendían los productos que cazan o recolectan en los bosques.

Cada que los miro comprar, me imagino a sus ancestros, puedo ver a todos aquellos que han intercambiado arroz, frijol, maíz y puedo ver sus formas de pago, sus negociaciones… que son quizás similares a las de hoy.

El mayor de los mercados indígenas es uno lejano, a una hora del pueblo, se instala cada martes en un lugar llamado Coc Ly. Aquí confluyen grupos indígenas de las montañas e intercambian sus productos, ellos venden sus propias artesanías o compran sus ropas. El mercado también ofrece ropa china, comida, verduras y productos de limpieza.

En una montaña al lado se encuentra el mercado de búfalos, es aquí donde hombres y mujeres toman la decisión del animal que llevarán a casa. Al terminar la transacción se les ve llevar al nuevo habitante colina arriba; cuando llegue el momento, les ayudará a cultivar sus terrazas de arroz.

Son las mujeres las que conservan el uso del traje típico, hay color en todo lo que llevan puesto. Es una mezcla infinita de texturas, bordados y tipos de telas; aún al cerrar los ojos, las tonalidades te palpitan en la imaginación.

Ellas se reúnen para tomar vino de arroz, mientras los hombres comparten el tabaco con la pipa de bambú.

A lo lejos se ven tres niñas compartiendo un plato de noodles y una madre que amamanta a su pequeño. El maíz que aquí ofrecen es de un amarillo encendido y su consumo es más para los animales que para la gente.

El agua desborda los cultivos de arroz, que parecen estanques en vez de campos y la gente vive entre los montes y los fangos. Por un gran río pasan las barquitas que conectan estos pueblos con otros destinos. Mientras, la tierra naranja en forma de lodo lo abraza todo.

(aunque no lo parezca, esta es la temporada de sequías)

El tren que llega a Vietnam

Vietnam nos recibió de noche, oscura, oculta. Podía percibir ese ambiente que tienen los países comunistas: banderas rojas, imágenes de Ho Chi Minh (el héroe nacional), la hoz y el martillo y ese sutil -pero absoluto- control militar.

Después de viajar en tren desde China, llegamos a Hanoi. Mientras sonaba la propaganda política en los altavoces de las calles, la gente comenzaba a hacer ejercicio en los parques. Aún no amanecía y la actividad ya se sentía. Desde ese primer instante sentí lo que para mi es el alma de Vietnam: el agua.

Y este húmedo elemento se mezcló al calor, después de salir el sol. Había que andar sus calles mojadas y sortear los obstáculos de estas, el primer y más grande peligro son las motocicletas que abarrotan hasta las aceras.

El espíritu de Hanoi es inconfundible, es Asia pero con un toque francés. Esto le da un sabor exótico y vibrante pues la arquitectura europea se mezcla al agua que flota por todo lugar: sobre el pavimento, entre el vapor y el aire, en el verdor de las paredes o en la bruma que rodea los lagos.

Mientras todo se sumerge en el agua, las plantas aprovechan para escalar hasta los techos y las libélulas revolotean entre cada gota. Toda esquina es un buen lugar para comer, encontrar un hot-toc (peluquería, casi siempre callejera) o hacerse el manicure. Las mujeres caminan con sus dos cestas al hombro –una adelante y otra atrás- y en ellas llevan desde arroz hasta ropa interior.

El estilo de occidente puede sentirse en sus cafeterías, galerías de arte y boutiques pero el toque asiático no se pierde. Vietnam es una joya que muchos han querido poseer. Tantos intereses han puesto sus ojos en ella (algunos lo han logrado y otros se han quedado con las ganas) que quizás por ello se defiende recelosa.

No sólo la tierra aquí es indomable o la naturaleza impenetrable; lo es también su gente, quienes se aseguran de siempre vencer, ya sea en el juego del regateo o simplemente para cruzar una calle.

Esta ciudad baila entre el romanticismo, el caos, la saturación y así se presenta hermosa y colorida. En el andar de sus calles no es extraño ver a las abuelas cargar más de su propio peso sobre sus hombros; en cuestión de trabajo, la edad no es un límite y los vietnamitas son duros también en esta labor.

Viven, pequeños, en cualquier cuartito. Unidos en familia, con los alimentos listos para compartir, se sientan siempre pegaditos a la tierra: ya sea en sillas miniatura, en cuclillas o directamente sobre el piso. También aquí la familia es una institución primordial y siempre es el primer deber.

Al atardecer es común ver los paraguas pasear alrededor del Hoan Kiem, el lago que guarda una pagoda en su centro y es acariciado por los sauces que languidecen a sus orillas. Siempre hay alguien que compra flores a las vendedoras, ellas ofrecen lilis, rosas, orquídeas o flores silvestres.

Entre ofrendas y altares a Buda y a los ancestros, se alza en el cuadro central una gran iglesia cristiana, una de las pocas que promueven su fe en este lado del mundo.