sábado, 12 de marzo de 2011

Oda al Pho

Parece una sopa, una sopa de pollo con fideos. La acompañan algunas especias y cilantro picado. Sin embargo, es mucho más que eso. Pho es el nombre que usan los vietnamitas para un platillo que se extiende por todo su territorio, que acaricia el cuerpo y el corazón y que esconde mil sabores.

Se pronuncia fá (o más o menos, pues no existe en nuestro idioma el sonido exacto) y es un caldo con noodles (fideos de arroz) Puede llevar pollo, cerdo o res y normalmente los pedazos de carne aparecen flotando dentro del plato. Entre más fresa sea el lugar donde lo comas, la carne viene más limpia –o sea sin nervios, pellejos o pedazos de huesos- pero también el platillo es más caro y muchas veces la calidad se sacrifica.

Lo maravilloso del Pho es que está a todas horas en todas partes. Que su alma es callejera y comerlo así es la experiencia más deliciosa.

Lleva cebolla y cilantro picados, hoja de limón kaffir y hasta un toque de anís. Para acompañarlo hay un plato extra que contiene una gran variedad de hierbas: menta, lechuga, espinaca y otras muchas que desconozco.

A medida que vas comiendo la sopa, acompañas con las hojas frescas tus bocados. El sabor aromático del caldo se une a la textura fresca de los vegetales y los sabores fuertes de estos aderezan el plato mucho más.

El Pho es de verdad el alimento más noble de esta tierra. Llega a todas las edades y todas la naciones, es bueno con todos los bolsillos, es una comida completa, nutritiva, ligera y el sabor es incomparable (junto a todos los demás noodles del sureste asiático)

No en vano hay hasta souvenirs que le hacen honor al decirle: “Te amo Pho”

El dragón que desciende

La bahía de Ha Long se halla plagada de rocas. Rocas que sobresalen del mar, islas y barcos con velas.

Hay pueblos flotantes e incluso flota también un templo y una escuela. La gente aquí vive directamente del océano, venden lo que producen sus granjas acuáticas: algas, perlas o peces.

Este archipiélago es parte de una reserva de la biósfera pues aquí se encuentra una gran cantidad de plantas y animales. En general se ven pocos animales, quizás sea por la guerra o porque, como dijo un amigo, “aquí se comen todo”, lo cierto es que en estas islas tuvimos la fortuna de ver volar varias águilas.

Según la leyenda el dragón bajó hasta aquí para esconderse, pero se alcanza a ver su espalda y por ello las rocas se asoman de esa manera. Cuentan también que las libélulas fueron los seres enviados por los dioses como regalo a los lugareños.

Y entre las rocas, cavernas o riscos la gente navega en sus barquitas tejidas con bambú. Algunas tienen vela, otras se mueven a fuerza de los remos. En esta agua todos flotan… ya sea para transportarse, para hacer excursiones y hasta para vivir.

El agua sigue siendo la madre, la que lo envuelve todo, la mayor fuerza y el mejor alimento, la vida. Así son sus días, siempre entre el agua, sobre ella, dentro de ella. Ríos, cascadas, mares, lluvia; el agua siempre en la siembra, en la pesca y en la cosecha.

viernes, 11 de marzo de 2011

Desde las alturas

Al continuar el camino subimos y subimos más, casi hasta las nubes. La bruma lo envolvía todo y las terrazas de arroz eran casi imperceptibles, si acaso podían adivinarse por las siluetas que se asomaban.

Este mágico lugar es Sa Pa, al norte de Vietnam, es un pueblo de mucha afluencia turística pues guarda grandes tesoros. Uno de ellos es el Fan Si Pan, la montaña más alta del país, con 3,143 metros de altura. La sierra es muy marcada, la moldean sus cascadas y sus acantilados. En estas laderas viven los indígenas.

Hmong (negro o flor) o Dzao son algunos de ellos, quienes lucen sus coloridos textiles, sombreros y joyas. Cada domingo, cientos de turistas vienen a su gran mercado de artesanías. Basta poner atención a sus dedos para descubrir el color azul que los tiñe, es índigo, una pintura natural que usan en sus hilos.

Las mujeres hacen las ropas y bolsas; los hombres fabrican brazaletes, collares, aretes de plata y las cestas con que acarrean de todo, desde leña hasta verduras. Además ofrecen baños medicinales que son dentro de una tina con agua caliente y plantas de la región.

Otro uso que dan a sus plantas son las infusiones con las que lavan su cabello, las mujeres Tay secan plantas para luego hervirlas, con esto se limpian y perfuman al bañarse. Solo en esta región de Vietnam, existen 24 diferentes grupos étnicos con sus dialectos y tradiciones propias.

Todas la familias acuden al campo en temporada de siembra. Después de haber germinado, transplantan los arroces en las terrazas inundadas: se ven niños y abuelos, todos en la labor. Los llevan por racimos y así van pintando de verde esmeralda los montes, con ellos vienen los búfalos de agua.

La construcción de las terrazas es a mano, con técnicas ancestrales que han viajado desde China. Deben estar perfectamente horizontales y siempre con la misma disponibilidad de agua en cada nivel.

Se casan muy jóvenes, a los 28 años quizás ya tengan unos cinco hijos. Según la tradición, al menos uno de ellos debe ser hombre pues es el que cuidará de los padres hasta que mueran. Aún cuando se case, siempre vivirá y proveerá la casa materna. No así las mujeres, que cuando se casan emigran al pueblo del esposo.

Por esta razón, cada embarazo guarda la esperanza de un niño. Si no se logra después de varias veces, el hombre tiene el derecho de casarse con otra mujer y llevarla a vivir a la misma casa. Cuando le pregunté a una chica Hmong que si ellas aceptaban este trato me dijo que poco podían opinar, pues era su culpa el no haberle dado al marido el hijo que deseaba.

Si en este segundo matrimonio tampoco logra conseguirlo, entonces se pasa la responsabilidad al marido y ambas esposas pueden volver a casarse para entonces encontrar a otro que “si sirva”.

Por supuesto, no pude más que sentir asombro sobre estas ideas y mientras mi cabeza elaboraba juicios de lo “diferente” que son nuestras costumbres, otra voz me dijo que somos más bien muy similares. También en México hay creencias así. También nosotros tenemos una cultura que muestra poco a precio a la figura femenina.

Además de su venta de artesanías, estos grupos viven de la agricultura. El cardamomo representa un buen ingreso familiar. De nuevo, la familia es el sustento de su sociedad. La organización tradicional de los Hmong reposa en su clan, es una unidad económica, política y ritual. Bajo un mismo techo, pueden vivir hasta cuatro generaciones.

La misma chica Hmong nos contó sobre su vida diaria, mientras compartíamos un té al lado del fuego. Afuera la temperatura estaba a 5 grados centígrados y la humedad ascendía al 97%. “Nuestro chamán puede ser hombre o mujer y hay en cada pueblo. Él puede encontrar en las montañas las plantas que curan, los que no saben de ellas simplemente no las ven”

El curandero prende el fuego, canta, toca el tambor y danza para sanar. También en esto nos parecemos a ellos… él cura a los enfermos, asiste los partos y ayuda a sacar los malos espíritus de los cuerpos. Todo esto, es siempre frente al altar.

Como la mayoría de las etnias del Sureste Asiático, los Hmong practican en su mayoría el animismo y honran a los espíritus de la naturaleza. Los vietnamitas en cambio, como pueblo no indígena, honran a sus ancestros, ofrendan sus deseos y piden consejo en sus decisiones.

En unos y en otros, cada paso que dan lo vigilan los árboles o los abuelos.

Arrozales y montañas

En tren llegamos a Lao Cai, al norte de Hanoi, de ahí una pequeña van nos llevó a Bac Ha un pueblo de pocos habitantes y muchas etnias que bajan hasta él para comprar sus víveres. La más predominante es la Hmong Flor, que hace honor a su nombre al portar uno de los trajes más vívidos de la región.

El pueblo permanecía dormido pero desde él se miraban las montañas y las terrazas de arroz que delinean sus laderas. Los niños iban a la escuela y jugaban con el lodo y las plantas; otros más vendían los productos que cazan o recolectan en los bosques.

Cada que los miro comprar, me imagino a sus ancestros, puedo ver a todos aquellos que han intercambiado arroz, frijol, maíz y puedo ver sus formas de pago, sus negociaciones… que son quizás similares a las de hoy.

El mayor de los mercados indígenas es uno lejano, a una hora del pueblo, se instala cada martes en un lugar llamado Coc Ly. Aquí confluyen grupos indígenas de las montañas e intercambian sus productos, ellos venden sus propias artesanías o compran sus ropas. El mercado también ofrece ropa china, comida, verduras y productos de limpieza.

En una montaña al lado se encuentra el mercado de búfalos, es aquí donde hombres y mujeres toman la decisión del animal que llevarán a casa. Al terminar la transacción se les ve llevar al nuevo habitante colina arriba; cuando llegue el momento, les ayudará a cultivar sus terrazas de arroz.

Son las mujeres las que conservan el uso del traje típico, hay color en todo lo que llevan puesto. Es una mezcla infinita de texturas, bordados y tipos de telas; aún al cerrar los ojos, las tonalidades te palpitan en la imaginación.

Ellas se reúnen para tomar vino de arroz, mientras los hombres comparten el tabaco con la pipa de bambú.

A lo lejos se ven tres niñas compartiendo un plato de noodles y una madre que amamanta a su pequeño. El maíz que aquí ofrecen es de un amarillo encendido y su consumo es más para los animales que para la gente.

El agua desborda los cultivos de arroz, que parecen estanques en vez de campos y la gente vive entre los montes y los fangos. Por un gran río pasan las barquitas que conectan estos pueblos con otros destinos. Mientras, la tierra naranja en forma de lodo lo abraza todo.

(aunque no lo parezca, esta es la temporada de sequías)

El tren que llega a Vietnam

Vietnam nos recibió de noche, oscura, oculta. Podía percibir ese ambiente que tienen los países comunistas: banderas rojas, imágenes de Ho Chi Minh (el héroe nacional), la hoz y el martillo y ese sutil -pero absoluto- control militar.

Después de viajar en tren desde China, llegamos a Hanoi. Mientras sonaba la propaganda política en los altavoces de las calles, la gente comenzaba a hacer ejercicio en los parques. Aún no amanecía y la actividad ya se sentía. Desde ese primer instante sentí lo que para mi es el alma de Vietnam: el agua.

Y este húmedo elemento se mezcló al calor, después de salir el sol. Había que andar sus calles mojadas y sortear los obstáculos de estas, el primer y más grande peligro son las motocicletas que abarrotan hasta las aceras.

El espíritu de Hanoi es inconfundible, es Asia pero con un toque francés. Esto le da un sabor exótico y vibrante pues la arquitectura europea se mezcla al agua que flota por todo lugar: sobre el pavimento, entre el vapor y el aire, en el verdor de las paredes o en la bruma que rodea los lagos.

Mientras todo se sumerge en el agua, las plantas aprovechan para escalar hasta los techos y las libélulas revolotean entre cada gota. Toda esquina es un buen lugar para comer, encontrar un hot-toc (peluquería, casi siempre callejera) o hacerse el manicure. Las mujeres caminan con sus dos cestas al hombro –una adelante y otra atrás- y en ellas llevan desde arroz hasta ropa interior.

El estilo de occidente puede sentirse en sus cafeterías, galerías de arte y boutiques pero el toque asiático no se pierde. Vietnam es una joya que muchos han querido poseer. Tantos intereses han puesto sus ojos en ella (algunos lo han logrado y otros se han quedado con las ganas) que quizás por ello se defiende recelosa.

No sólo la tierra aquí es indomable o la naturaleza impenetrable; lo es también su gente, quienes se aseguran de siempre vencer, ya sea en el juego del regateo o simplemente para cruzar una calle.

Esta ciudad baila entre el romanticismo, el caos, la saturación y así se presenta hermosa y colorida. En el andar de sus calles no es extraño ver a las abuelas cargar más de su propio peso sobre sus hombros; en cuestión de trabajo, la edad no es un límite y los vietnamitas son duros también en esta labor.

Viven, pequeños, en cualquier cuartito. Unidos en familia, con los alimentos listos para compartir, se sientan siempre pegaditos a la tierra: ya sea en sillas miniatura, en cuclillas o directamente sobre el piso. También aquí la familia es una institución primordial y siempre es el primer deber.

Al atardecer es común ver los paraguas pasear alrededor del Hoan Kiem, el lago que guarda una pagoda en su centro y es acariciado por los sauces que languidecen a sus orillas. Siempre hay alguien que compra flores a las vendedoras, ellas ofrecen lilis, rosas, orquídeas o flores silvestres.

Entre ofrendas y altares a Buda y a los ancestros, se alza en el cuadro central una gran iglesia cristiana, una de las pocas que promueven su fe en este lado del mundo.