Al continuar el camino subimos y subimos más, casi hasta las nubes. La bruma lo envolvía todo y las terrazas de arroz eran casi imperceptibles, si acaso podían adivinarse por las siluetas que se asomaban.
Este mágico lugar es Sa Pa, al norte de Vietnam, es un pueblo de mucha afluencia turística pues guarda grandes tesoros. Uno de ellos es el Fan Si Pan, la montaña más alta del país, con 3,143 metros de altura. La sierra es muy marcada, la moldean sus cascadas y sus acantilados. En estas laderas viven los indígenas.
Hmong (negro o flor) o Dzao son algunos de ellos, quienes lucen sus coloridos textiles, sombreros y joyas. Cada domingo, cientos de turistas vienen a su gran mercado de artesanías. Basta poner atención a sus dedos para descubrir el color azul que los tiñe, es índigo, una pintura natural que usan en sus hilos.
Las mujeres hacen las ropas y bolsas; los hombres fabrican brazaletes, collares, aretes de plata y las cestas con que acarrean de todo, desde leña hasta verduras. Además ofrecen baños medicinales que son dentro de una tina con agua caliente y plantas de la región.
Otro uso que dan a sus plantas son las infusiones con las que lavan su cabello, las mujeres Tay secan plantas para luego hervirlas, con esto se limpian y perfuman al bañarse. Solo en esta región de Vietnam, existen 24 diferentes grupos étnicos con sus dialectos y tradiciones propias.
Todas la familias acuden al campo en temporada de siembra. Después de haber germinado, transplantan los arroces en las terrazas inundadas: se ven niños y abuelos, todos en la labor. Los llevan por racimos y así van pintando de verde esmeralda los montes, con ellos vienen los búfalos de agua.
La construcción de las terrazas es a mano, con técnicas ancestrales que han viajado desde China. Deben estar perfectamente horizontales y siempre con la misma disponibilidad de agua en cada nivel.
Se casan muy jóvenes, a los 28 años quizás ya tengan unos cinco hijos. Según la tradición, al menos uno de ellos debe ser hombre pues es el que cuidará de los padres hasta que mueran. Aún cuando se case, siempre vivirá y proveerá la casa materna. No así las mujeres, que cuando se casan emigran al pueblo del esposo.
Por esta razón, cada embarazo guarda la esperanza de un niño. Si no se logra después de varias veces, el hombre tiene el derecho de casarse con otra mujer y llevarla a vivir a la misma casa. Cuando le pregunté a una chica Hmong que si ellas aceptaban este trato me dijo que poco podían opinar, pues era su culpa el no haberle dado al marido el hijo que deseaba.
Si en este segundo matrimonio tampoco logra conseguirlo, entonces se pasa la responsabilidad al marido y ambas esposas pueden volver a casarse para entonces encontrar a otro que “si sirva”.
Por supuesto, no pude más que sentir asombro sobre estas ideas y mientras mi cabeza elaboraba juicios de lo “diferente” que son nuestras costumbres, otra voz me dijo que somos más bien muy similares. También en México hay creencias así. También nosotros tenemos una cultura que muestra poco a precio a la figura femenina.
Además de su venta de artesanías, estos grupos viven de la agricultura. El cardamomo representa un buen ingreso familiar. De nuevo, la familia es el sustento de su sociedad. La organización tradicional de los Hmong reposa en su clan, es una unidad económica, política y ritual. Bajo un mismo techo, pueden vivir hasta cuatro generaciones.
La misma chica Hmong nos contó sobre su vida diaria, mientras compartíamos un té al lado del fuego. Afuera la temperatura estaba a 5 grados centígrados y la humedad ascendía al 97%. “Nuestro chamán puede ser hombre o mujer y hay en cada pueblo. Él puede encontrar en las montañas las plantas que curan, los que no saben de ellas simplemente no las ven”
El curandero prende el fuego, canta, toca el tambor y danza para sanar. También en esto nos parecemos a ellos… él cura a los enfermos, asiste los partos y ayuda a sacar los malos espíritus de los cuerpos. Todo esto, es siempre frente al altar.
Como la mayoría de las etnias del Sureste Asiático, los Hmong practican en su mayoría el animismo y honran a los espíritus de la naturaleza. Los vietnamitas en cambio, como pueblo no indígena, honran a sus ancestros, ofrendan sus deseos y piden consejo en sus decisiones.
En unos y en otros, cada paso que dan lo vigilan los árboles o los abuelos.