Hue es un lugar encantador por muchos aspectos: es una ciudad que no es grande ni caótica (a pesar de la manía que los orientales manifiestan por las motocicletas), está rodeada de monumentos y tumbas hermosas por su estilo achinadooccidental y los pueblos que la rodean retratan –a una distancia corta- el Vietnam rural y campirano.
De camino a explorar una tumba paramos para ver a las mujeres haciendo inciensos a mano. El desplegado de la labor y el color es deslumbrante y hubiéramos permanecido muy muy felices de no ser porque descubrimos que, una vez más, los vietnamitas nos timaron al comprar las susodichas varitas olorosas.
Como mayor recompensa tuvimos un hermoso encuentro a nuestro regreso. Conocimos finalmente algo soñado y anhelado en esta aventura asiática. Les hablo de uno de los reyes de los campos en este pedazo de tierra. Aclamado mundialmente por sus poderes curativos y antioxidantes: el mangostán.
Descubrimos que no sólo es milagroso sino DELICIOSO. Y además de ser delicia al paladar, lo es para el mirar. Cubierto en una gruesa piel morada (que se va haciendo de un tono más intenso hacia su entraña) yace la parte que se come. Es como una bola blanca, dividida en cinco secciones de una textura sublime y jugosa. ¡Oh dios!
Les tendría más detalles botánicos pero mi asesor en esta área (o séase mi chavo) ya duerme plácido mientras yo noctambuleo frente al teclado.
Ya entrados en gastos, ahí les dejo el menú de hoy:
- Dumplings frescos rellenos de –quiero pensar- pasta de frijol.
- Spring rolls frescos (no fritos, la pasta de arroz es blanda ¡mmmmhhh!)
- Noodles fríos con verduras y un aderezo de vinagre
- Camarones con piña
¡Buen provecho!
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