De Battambang me gustó desde el nombre. Sabe Dios qué signifique, pero me gusta cómo suena y sin tener razón aparente, simplemente entró a mi corazón ¿será por ese espíritu que tiene? ¿el mismo que se te cuela desde antes de poner los pies sobre su tierra?
Total que, aunque hay pocas cosas -no es que sea una ciudad pintoresca aunque tampoco es fea- tiene lo suficiente para acomodar varios días al que la visite: un restaurante súper rico y excelentes hoteles (después de vagar por otros tantos lugares del Sureste asiático, Battambang compite por uno de los mejores sitios de alojamiento)
Hay templos dentro y fuera de esta gran ciudad -la segunda más extensa después de la capital- donde puedes caminar y charlar con los monjes o simplemente sentarte a respirar el día a día de esta gente y sus tradiciones; hay algunas ruinas Khmer en los alrededores y algunas curiosas atracciones que no pretenden mucho y que, quizás por ello, son encantadoras por su belleza sencilla.
Una de estas es el tren de bambú. Es más bien un carrito (hecho, claro, del carrizo) que viaja por algunas vías de tren con su pequeño motor y te transporta entre aldeas, lagos y sembradíos de arroz. Pequeño, simple y hermoso.
A las afueras se abren paso los estanques de lotos y algunos campos de arroz. Se pintaban de un verde brillante, lleno de vida; un verde de esos que cosquillean en la pupila.
Esta región es conocida en todo el país por ser la productora de los mejores cocos, el mejor arroz y la gente más talentosa en las artes. Battambang es para relajarse, tomarte tu tiempo y descansar en una ciudad con olor a pueblo.
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