Es el centro de su tierra. Un centro abrazado por montañas.
Son los suelos altos de Vietnam. Donde se esconden grupos indígenas y cientos de cultivos. De aquí vienen las flores, las fresas y el café que luego dan la vuelta al sureste asiático. La ciudad más fácil de acceder para luego explorar se llama Dalat. Y las expediciones van desde visitar las fábricas de seda, hasta adentrarse en las comunidades indígenas (para estas últimas hay que considerar viajes de hasta tres días)
Desde aquí, algo de lo más hermoso que tiene Vietnam, crece y se extiende hacia otros lugares: me refiero a sus flores. Aquí también vi de frente las dos caras de Vietnam. Esa ambivalencia dura con que se presenta ante los recién llegados.
Ambas emociones me llegaron a través de mujeres.
Una quería golpearme por lo que consideró un abuso de nuestra parte en su hostal (nosotros lo vivimos totalmente diferente, claro y lo valoramos como un abuso de su parte a nosotros, los clientes) La otra se acercó a darme unas flores así, nada más por la alegría que genera el dar.
Vietnam, lugar de luz y de sombra. A veces tan juntas, tan entrelazadas, que se vuelve difícil encontrar lo luminoso entre la oscuridad -y viceversa-. Así es ella, Vietnam es como una mujer: hermosa, fresca, clara y también profunda, nebulosa y dura.
Esta tierra que muestra sus dos caras, labra a su gente como se labra a ella misma. Para unos es verde, noble, floreciente y para otros es osca, agresiva, indomable. Vietnam es mujer y su corazón, a pesar de todos los abusos, sigue abierto hacia el Sol.
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