miércoles, 1 de junio de 2011

La mirada de las proas

Me engancho fuerte con las guerras. Me dan una roña…

Pero mientras yo lidio con esa sensación, los vietnamitas parecen hoy tomarlo con bastante soltura, casi con una familiaridad mórbida.

Después de vencer a los norteamericanos hace no mucho, hoy la guerra es hasta un atractivo turístico. Y es que puedes visitar cementerios, túneles de escape y combate, comprar utensilios que usaban los soldados o incluso visitar la aldea donde fue arrojado el conocido NAPALM.

Nosotros obviamos (por lo menos intencionalmente) tan interesantes atracciones pero mientras pedaleábamos durante un recorrido en bicicleta por la campiña vietnamita encontramos otro regalito bélico.

Las casas tradicionales se conservan como en la antigüedad. En este lado del mundo los abuelos son honrados día con día. Cada casa tiene tres puertas: una para las mujeres, otra para los hombres y la tercera, para los ancestros.

Frente a esta puerta está una mesa (que nunca se usa para comer, para "echar la chorcha" o para un buen juego de naipes) Esta mesa es para sentarse con los abuelos de la casa, encender un incienso y tomar decisiones bajo el cobijo de sus espíritus familiares. Después de la mesa viene el altar, con fotos, veladoras y flores.

Desde este lugar eleven sus charlas –a través del humo del incienso- para que sean escuchadas y así sean guiados a tomar la mejor decisión; la más conveniente para la familia. La familia lo es todo. Trabajan juntos, comen, duermen, viven siempre en el mismo espacio y la privacidad carece de existencia.

Y aquí reside esa cercanía con la guerra que me llama tanto la atención. El florero del altar, un objeto metálico y ovalado fue el casco de una bomba que detonó en las cercanías. Lo han transformado en una ofrenda. Al menos, es una linda forma de transmutar la energía del conflicto en gratitud a la vida y a los muertos.

Hoy An es quizás la ciudad más hermosa de Viet Nam. Faifo le llamaban los occidentales que la conquistaron hace tiempo. Entre sus paredes antiguas se esconden calles empedradas, linternas coloridas que se encienden de noche, un hermoso río y barcas de madera.

Tiempo atrás la gente aún vivía en estas naves. Desde que el gobierno les cedió un espacio cambiaron el ritmo de las olas por la fragancia de la tierra. Sin embargo, siguen siempre cerca del mar.

Dicen que por esta razón los barcos tienen pintados dos ojos en la proa, porque son como miembros de la familia; aunque otros aseguran que esta tierna mirada es para siempre recordarles el camino de vuelta a casa.

Cada luna llena el pueblo entero celebra a la Abuela que brilla en su apogeo. Los niños venden velas flotantes y entre todos los asistentes las liberan sobre el río con destino al mar. Así la saludan, con un caudal luminoso y destellante.

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