Copiaré la manera en como mis amigos Lindsey y Teo (dos neoyorquinos aficionados a la comida) se refirieron a la pimienta: “los americanos la vemos ahí, aburrida y abandonada, sentada junto al salero de nuestras mesas” ¿Y cómo refutar tan absoluta y precisa aseveración?
Hace algunos siglos, cuando las especias realmente venían desde el oriente y los navíos cruzaban las aguas para buscarlas, un grano de pimienta podía pagar un día de hospedaje en algún cuarto londinense. Las plantas han movido al mundo, a la gente, a las civilizaciones (aquí yo agregaría: ¡ahaaaaaaaaaá!)
Hoy, por supuesto, nuestra desconexión con la importancia de las especias es casi total. Muchas veces nuestra conexión con ellas mismas es mínima -o nula-. No pasa de ir al Walmart a comprar un frasco plástico de pimienta molida McCormick o si te fue bien, tener tus granos secos y el molinito para triturarlos en tu plato.
En Camboya, específicamente en Kampot, existe una especie de pimienta tan diferente que tiene denominación de origen. Se cultiva en esta región al sur del país, cerca de la costa. Por años se ha exportado y se ha servido en las mesas más exquisitas; los camboyanos la valoran y aprecian como un tesoro.
La forma más deliciosa y especial para comerla es fresca. Los granos aún verdes se fríen ligeramente junto a la carne y vegetales; se sirven aún tiernos, sin cocerlos en exceso. El sabor es una explosión picante –pero no tanto- y totalmente nueva.
Llegamos a casa de Robert, un Australiano casado con una Khmer (gentilicio de los nacidos en Camboya; así le llaman también a su raza, a su imperio y a su idioma)
El ritual del casamiento es mucho más elaborado que el típico blanco por la iglesia que tanto conocemos en Occidente. Además de ir MUY ataviados y con vestimentas MUY coloridas, el novio acostumbra a pedirle permiso a los padres frente a la concurrencia y llevar ofrendas para halagarlos (por cierto, en las fotos la mamá de ella no se veía nada halagada)
Entre los novios y los padres sostienen los anillos para simbolizar la alianza de las familias y celebran durante tres días. Los velorios, en cambio, duran siete días.
La sociedad Khmer es muy conservadora y como casi en todas partes de Asia (quizás con la excepción de Tailandia) las mujeres visten modestamente. Cubren casi todo su cuerpo, los hombros son especialmente un tabú, así como los pies. Los besos en público, tocar a un monje (sobre todo si eres mujer), tocarle la cabeza a alguien, usar la mano izquierda y apuntar a alguien con los pies son un rotundo NO.
Aquí la influencia china es menor. Los Khmer no son tan parecidos a los vecinos de la raza amarilla, su piel es más oscura –aunque a muchos no les guste la idea- y no usan palitos para comer.
Camboya recuerda a esos lugares que tenemos mucho en México. Donde hay una pobreza absoluta, de esa que duele en el alma y de pronto, frente a una zona marginada, se levanta una boutique Prada o la mansión de un millonario europeo (que sólo podría costear ese nivel de vida en un país como éste, claro) Ni qué agregar…
No hay comentarios:
Publicar un comentario