El agua lo envuelve todo, se escurre por los pisos de los jardines y pinta sobre ellos el destello del cielo algodonado. Los templos y palacios se buscan también entre los reflejos.
El ambiente se siente vaporoso. La humedad sube por el cuerpo y se pega al espíritu. El aire es igualmente de agua, de agua dulce.
Al caer el día, los colores gotean entre el cielo y las nubes. Los últimos rayos se abrazan de los monjes y sus túnicas. El tiempo se despide de este lado del mundo.
Allá se ven; caminan despacio, juntos, envueltos en su piel color de Sol. Se les mira entre el verde mojado de un jardín, un grupo de niños que corre y los jóvenes que bailan al ritmo de sonidos electrónicos (son sus ejercicios cotidianos, dicen)
La noche se apropia de Phnom Penh. La capital de un país que recién se levanta de un pasado doloroso y destructivo. La gran sobreviviente del inmenso dolor que sólo podemos crear nosotros, los seres humanos.
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