miércoles, 8 de febrero de 2012

La gran joya khmer: los templos de Angkor

Como mexicanos tenemos una expectativa alta, muy alta, en cuanto a templos y ruinas respecta. Entre esta comparación difícil de evitar y la insistencia desde meses atrás por parte de Eduardo en que llegáramos al famoso lugar, yo venía ya un poco atosigada con Angkor.

Así llegamos a Siem Reap, la ciudad cercana al conjunto de templos que representan el mayor ingreso económico de la Nación. Angkor es tan importante que su figura se dibuja en miles de lugares y promocionales, incluso es el nombre de cervezas y –todavía más fuerte- se plasma sobre la bandera camboyana.

Yo iba con mis serias dudas la primera mañana de visita (y para mis adentros esperaba mirar construcciones quizás bellas pero absolutamente lejanas a Teotihuacán o Palenque, por ejemplo) Así nos pusimos de acuerdo con un conductor de Tuk-Tuk (especie de bicitaxi motorizado) quien pasó por nosotros cuando aún era de noche y nos llevó hasta el templo insignia: Angkor Wat.

Compramos nuestros boletos por tres días (un día:$20usd; tres días:$40usd y una semana:$60usd) para estándares locales esto es carísimo pero muy pronto me daría cuenta cuán insignificante resulta el monto a pagar…

El hombre del Tuk-Tuk nos dejó a la entrada de lo que parecía algo como templo (aunque veíamos casi nada) Unas decenas de personas más caminaban hacia la misma dirección. Decidimos seguirlas. Para cuando llegamos al lugar donde -asumimos- tendríamos que esperar la salida del padre Sol, muchos más se encontraban amontonados ya.

Mientras la gente calibraba sus cámaras y buscaba el mejor ángulo, el cielo comenzó a clarear. Cada rayo asomado por detrás de las nubes dibujaba la sombra del santuario. Al llegar el momento de plena iluminación aquel gigante de piedra, silencioso y contemplativo, nos hizo enmudecer.

A partir de ese momento, el primer asombro se presentó…

Frente a nosotros estaba un testigo mudo, abandonado a los elementos, que nos recordaba quienes habían sido los antiguos khmer: Gente de profunda fe y gran ego; gente de sueños altos y alas para alcanzarlos; gente buena, gente soberbia, gente muy gente que en aras de coronar su imperio construyó a lo alto y se olvidó de la mesura. Gente que, finalmente, después de crecer desmedidamente, sucumbió junto a su reino y acató las leyes del Universo: extinguirse tras la sobreexplotación de su entorno.

Angkor nos recuerda lo grandes que podemos llegar a ser pero también nos enseña a no olvidar el respeto y, encima de todo, la humildad con todo aquello que nos rodea. Con nuestra Madre, la Tierra.

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