Parece una sopa, una sopa de pollo con fideos. La acompañan algunas especias y cilantro picado. Sin embargo, es mucho más que eso. Pho es el nombre que usan los vietnamitas para un platillo que se extiende por todo su territorio, que acaricia el cuerpo y el corazón y que esconde mil sabores.
Se pronuncia fá (o más o menos, pues no existe en nuestro idioma el sonido exacto) y es un caldo con noodles (fideos de arroz) Puede llevar pollo, cerdo o res y normalmente los pedazos de carne aparecen flotando dentro del plato. Entre más fresa sea el lugar donde lo comas, la carne viene más limpia –o sea sin nervios, pellejos o pedazos de huesos- pero también el platillo es más caro y muchas veces la calidad se sacrifica.
Lo maravilloso del Pho es que está a todas horas en todas partes. Que su alma es callejera y comerlo así es la experiencia más deliciosa.
Lleva cebolla y cilantro picados, hoja de limón kaffir y hasta un toque de anís. Para acompañarlo hay un plato extra que contiene una gran variedad de hierbas: menta, lechuga, espinaca y otras muchas que desconozco.
A medida que vas comiendo la sopa, acompañas con las hojas frescas tus bocados. El sabor aromático del caldo se une a la textura fresca de los vegetales y los sabores fuertes de estos aderezan el plato mucho más.
El Pho es de verdad el alimento más noble de esta tierra. Llega a todas las edades y todas la naciones, es bueno con todos los bolsillos, es una comida completa, nutritiva, ligera y el sabor es incomparable (junto a todos los demás noodles del sureste asiático)
No en vano hay hasta souvenirs que le hacen honor al decirle: “Te amo Pho”
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