Vietnam nos recibió de noche, oscura, oculta. Podía percibir ese ambiente que tienen los países comunistas: banderas rojas, imágenes de Ho Chi Minh (el héroe nacional), la hoz y el martillo y ese sutil -pero absoluto- control militar.
Después de viajar en tren desde China, llegamos a Hanoi. Mientras sonaba la propaganda política en los altavoces de las calles, la gente comenzaba a hacer ejercicio en los parques. Aún no amanecía y la actividad ya se sentía. Desde ese primer instante sentí lo que para mi es el alma de Vietnam: el agua.
Y este húmedo elemento se mezcló al calor, después de salir el sol. Había que andar sus calles mojadas y sortear los obstáculos de estas, el primer y más grande peligro son las motocicletas que abarrotan hasta las aceras.
El espíritu de Hanoi es inconfundible, es Asia pero con un toque francés. Esto le da un sabor exótico y vibrante pues la arquitectura europea se mezcla al agua que flota por todo lugar: sobre el pavimento, entre el vapor y el aire, en el verdor de las paredes o en la bruma que rodea los lagos.
Mientras todo se sumerge en el agua, las plantas aprovechan para escalar hasta los techos y las libélulas revolotean entre cada gota. Toda esquina es un buen lugar para comer, encontrar un hot-toc (peluquería, casi siempre callejera) o hacerse el manicure. Las mujeres caminan con sus dos cestas al hombro –una adelante y otra atrás- y en ellas llevan desde arroz hasta ropa interior.
El estilo de occidente puede sentirse en sus cafeterías, galerías de arte y boutiques pero el toque asiático no se pierde. Vietnam es una joya que muchos han querido poseer. Tantos intereses han puesto sus ojos en ella (algunos lo han logrado y otros se han quedado con las ganas) que quizás por ello se defiende recelosa.
No sólo la tierra aquí es indomable o la naturaleza impenetrable; lo es también su gente, quienes se aseguran de siempre vencer, ya sea en el juego del regateo o simplemente para cruzar una calle.
Esta ciudad baila entre el romanticismo, el caos, la saturación y así se presenta hermosa y colorida. En el andar de sus calles no es extraño ver a las abuelas cargar más de su propio peso sobre sus hombros; en cuestión de trabajo, la edad no es un límite y los vietnamitas son duros también en esta labor.
Viven, pequeños, en cualquier cuartito. Unidos en familia, con los alimentos listos para compartir, se sientan siempre pegaditos a la tierra: ya sea en sillas miniatura, en cuclillas o directamente sobre el piso. También aquí la familia es una institución primordial y siempre es el primer deber.
Al atardecer es común ver los paraguas pasear alrededor del Hoan Kiem, el lago que guarda una pagoda en su centro y es acariciado por los sauces que languidecen a sus orillas. Siempre hay alguien que compra flores a las vendedoras, ellas ofrecen lilis, rosas, orquídeas o flores silvestres.
Entre ofrendas y altares a Buda y a los ancestros, se alza en el cuadro central una gran iglesia cristiana, una de las pocas que promueven su fe en este lado del mundo.
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