Salí de mi país sintiendo un circo de emociones. Giraban cual carrousel. Las lágrimas subieron hasta mi cabeza, pero no salieron. Los ojos me ardían por contenerme.
Sentí mucho el dejar a mi gente. A toda mi gente.
Un rato después escuché el diálogo de una película que decía: "deja de extrañar y en vez de ello envía a esa gente que amas todo tu amor". Me pareció hermoso... y sano, así que decidí hacerlo.
Aterrizamos en Los Ángeles, no sin antes pagar el impuesto que inexorablemente te piden en esas tierras: el interrogatorio del cuerpo policíaco.
Desahogados ya de ese trámite, nos enfrentamos a una noche fría y airosa. A la mañana siguiente recorrimos la ciudad. Fue mi primera vez en esta parte de EU y debo decir que me pareció nada especial: mucho shopping (lo que mejor saben hacer los vecinos), miles y miles y miles de lindas opciones para gastar tu dinero -o el dinero que ganarás en un futuro-, la imagen clásica de LA, Hollywood, Beverly Hills y una vida cotidiana bastante limitada.
Digo esto último porque, según siento, el sueño americano se sustenta en una supuesta libertad que realmente es la posibilidad de comprar o tener casi todo lo (material) que sueñas. Sin embargo, en las cosas más sencillas como sentarte en el pasto de un parque, estacionar tu coche o salir a una fiesta, se siente un ambiente de casi prohibición. Todo en EU tiene una regla, una ley que lo permite o lo prohibe. Uno prácticamente no puede ser espontáneo o salirse de lo que se "puede" hacer, porque es contra la ley.
Entonces ese sueño de libertad... es como la droga que le ayuda a la gente para distraerse de ese control.
Felizmente salimos de ahí muy pronto y abordamos el avión hacia Beijing. Nos esperaban 13 horas hasta la capital China y luego otras tres hacia Hong Kong.
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