Entre jeroglíficos incomprensivos y las escuetas explicaciones de los chinos, nos encontramos sentados en la estación de Zhenshen (ciudad fronteriza entre Hong Kong y China). Un policía se acercó y preguntó algo. Luego, solo entendió nuestro destino: Guilin. El nos decía : “no train, bus” cuando intentábamos explicarle que queríamos partir en tren. Nos detuvo en ese lugar mientras repetía las mismas palabras, después llegó una señora por nosotros y nos dirigió a una agencia de autobuses que se encontraba escondida atrás de una tiendita de abarrotes. Ahí compramos el boleto de camión y no tren, como lo habíamos planeado.
Una variedad de historias sucedían a nuestro alrededor: un gato enjaulado aullaba desesperado, las vendedoras se preparaban unos noodles en plena oficina y el fulano que nos vendió el boleto comía un poco mientras fumaba más. En uno de sus descuidos al plato, ciertas cucarachillas merodeaban el manjar.
Llegó la hora acordada y otro hombre vino por nosotros. Salimos de la agencia unas 12 personas; caminamos y caminamos y caminamos. Ya afuera de la estación, nos subieron a una van (evidentemente no entendíamos nada y hasta comenzamos a tener paranoia) En el camino bajaron a unos cuantos en una fábrica y luego nos dejaron en la estación de camiones. Al subir al esperado autobús descubrimos que tenía camas en vez de asientos (camas tamaño chinito)
Subió y subió gente en las distintas paradas. En algunas de ellas oíamos gritar al chofer algo indescifrable y veíamos bajar a unos cuantos, suponíamos que se podía ir al baño. En una de esas bajé yo, la estación estaba en la penumbra y completamente sola. Busqué el baño y a mi paso una rata cruzó hacia otra sala. Descubrí la maravilla de los baños chinos: un hoyo en el piso (al que se le puede “jalar” y todo) Así que… aquí uno le hace “de aguilita”
Después del trayecto de 12 horas oímos de nuevo gritar al chofer y ver a todos bajar. Supusimos que ahí nos tocaba quedarnos también y lo corroboramos cuando el hombre nos grito más fuerte casi en la cara.
Cada paso dado era como si el inglés hubiera sido un sueño lejano, anclado en el pasado. Nuestra entrada a este continente fue de un oriente más light al clavado hacia la China de verdad (y eso que esta parte es muy turística)
Confundidos entre el frío y la lluvia, en un pueblo donde éramos bichos raros, una señora nos dijo un nombre familiar: Yangshuo. Finalmente llegaríamos a nuestro destino, el lugar donde graciosas e imponentes montañas se alzan hasta alturas asombrosas.
Así nos montamos de nuevo en otro camión y un rato más tarde, nos dejaron a la mitad de un pueblo un poco más turístico pero igualmente alejado de nuestro idioma, donde las montañas con sus formas extrañas abrazan los hogares de muchos. Hay miles de ellas.
Dicen que este es uno de los lugares más hermosos de la gran Nación y que de aquí se han basado muchos artistas para hacer sus pinturas y su poesía. Yangshuo es esa imagen de montañas picudas y pronunciadas que tenemos en mente cuando imaginamos un gracioso pueblecito Chino.
También están los campesinos de nuestra imaginación, con su sombrero de paja como cono y trabajando la tierra. Las terrazas de arroz ahora estaban secas pues la cosecha acaba de pasar y el frío ya se alcanza a sentir.
Siempre vi mujeres trabajando la tierra. Las observé sembrando, cosechando, apilando paja. Siempre cerca de nuestra Madre Tierra, tocándola con sus manos y sembrando vida en ella.
Se puede ir en una barquita de bambú sobre el río aunque es un recorrido muy turístico. La mejor opción fue rentar dos bicicletas y simplemente ir por tu cuenta. Usamos unos senderos que van paralelos al río y donde hay algunos poblados de campesinos.
Y ahí están, en su vida cotidiana. Secan el arroz sobre plataformas extensas de concreto, también lo trituran en unos molinitos de madera. Las mujeres venden artesanías y cada casita ya sea en un pueblo como este o uno más grande y urbanizado como Yangshuo tiene su propio pedacito de tierra donde siembran lechugas, coles y otras tantas hierbas que no conocemos en el otro lado del mundo.
Hacía frío y los campos se veían verdes, de un verde intenso que brilla. Es otra China, no la urbanizada, ni la industrial. Es la China verde y café, cubierta de plantas, de agua y de olor a tierra.
Paramos en un hostal de adobe para tomar un té de jazmín a las faldas de las montañas. El té era más bien de puras flores y ellas flotaban sobre el agua que hervía. Comenzó a caer la noche y así el frío abrumador nos atrapó. Regresamos a la casa de Qi, un chico chino que nos alojó con su familia.
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